Salimos de Arequipa con la dulce resaca que nos dejaban los días de intensa actividad pasados en esta blanca (¿?) ciudad ubicada en medio del desierto y rodeada de volcanes: pocas horas de sueño, muchas de jarana con un grupo de cumbia psicodélica que confiamos un día triunfarán, primeras enemistades con nuestros queridos guiris, princesas de hielo, artesanía andina, cañones profundos y conventos en los que a más de uno le gustaría enclaustrarse (todo eso y más en cuatro días).
Ya en Puno, y haciéndonos eco de una canción de Los Celtas, decidimos visitar las islas del Lago Titicaca de manera responsable, intentando que el dinero revirtiera directamente en las gentes del lugar y no en ninguna agencia-vende-tours-organizados. A falta de dos minutos para que venciera el tiempo de salida (que nos gusta ir al límite), y con un poco de desconfianza al principio, terminamos por organizar el transporte con una asociación de lancheros del muelle, y tuvimos nuestras mini vacaciones en el mar en un barco capitaneado por un jovencísimo Elvis.
Llegando a Amantaní, varias mujeres de rostros curtidos, faldas multicolores y chales negros con bonitos bordados, esperaban repartirse la remesa de turistas para acogerles en sus casas durante un día. Nos examinamos mútuamente con curiosidad y, al menos por mi parte, con admiración. ¿Qué pensarán ellas de nosotros?. Pasamos la tarde subiendo empinadas cuestas, señoras cargadas con pesados fardos nos doblaban el ritmo para colocar sus artesanías antes de que los visitantes alcanzáramos la cima, para ver las ruinas incas de la Pachamama y el Pachatata. Y allí, inmersas en una realidad en la que los coches no existen, el agua en las casas es impensable y la electricidad no llega (el pueblo estaba lleno de farolas que un día funcionaron), intentábamos volver a casa al anochecer, con la única referencia de las lucecillas verdes que las luciérnagas nos brindaban. Conseguimos llegar preguntando a todo autóctono que encontramos en el camino por la casa de Simón y Clara, pisando alguna que otra chacra y gracias a la memoria fotográfica de Mari Luz.
Desayunos rústicos
Nos gustaría darle las gracias a Simón y a Clara, a Vicky, a Libia, al capitán Elvis y a la hija pequeña de la que, por cierto, sólo conseguimos ver las pulseras que ahora cada una lucimos en nuestras muñecas. Gracias por abrirnos las puertas de su vida y dejarnos formar parte de ella por un día. Gracias por esa deliciosa cena a la luz de las velas, por la acogedora habitación en la que pudimos disfrutar una auténtica velada de viernes trece con tormenta incluida, y por el agradable desayuno de despedida en el que Vicky, la hija mayor, nos ofrecía un libro para que le dedicáramos alguna frasecilla mientras nos invitaba a volver de nuevo con más amigos o cuando tuviéramos bambinos.
Adiós Vicky
Así que, para todos los que algún día tengáis la oportunidad de visitar Amantaní ya sabéis, preguntad por la casa de Simón y Clara. Pero por favor, visitadles, no les invadáis.