Cuando vas a viajar todo el mundo te recomienda tomar ciertas precauciones. Cuando el destino elegido se ubica en algún punto de América Latina, las advertencias se tornan abrumadoras. Tooooodo el mundo, haya visitado o no el país, cree saber los peligros que te acecharán desde el momento en el que pises suelo extranjero y con los que deberás lidiar a cada paso.
Y así iba a ser mi llegada a Lima: mujer, sola, joven, rubia, ojos azules y cargada de maletas aterriza en el aeropuerto internacional Jorge Chávez a la una de la madrugada. Uno de los más insistentes "no debes" que había oído de familiares, amigos, guías de viaje y conocedores del tema era el asunto de los taxis. Que si nunca cojas tal, que a mi amigo le pasó cual, que a menganito le sacarón patatán. Viendo el panorama, decidí amigarme con un simpático limeño (tranquila mamá, sin ninguna intención de ligoteo) que hacía el mismo recorrido que yo, al menos para no llegar sola.
El resultado, acabar haciendo todo lo que no debía: irme con un desconocido, entrar en su casa y que su primo, supuesto taxista, me llevara a la otra punta de Lima. En mi defensa tengo que decir que en todo momento me sentí muy segura, que me cedieron el sitio de delante mientras Jimi y su familia se hacinaban detrás, que me invitaron cordialmente a conocer su hogar y que el primo, aunque era un personaje, me cobró 10 soles menos por el trayecto.
Ahora seguimos transgrediendo normas, pero las tres juntas que da más seguridad. En Chachas, un pueblo a 3000 metros del departamento de las orquídeas, sin temor alguno al soroche, bebemos Cuzqueñas como campeonas, yo fumo como siempre y comomemos como si fuera la última cena.